Elisa Mateo

Desde pequeña he sido una persona independiente y muy inquieta: nunca me han faltado las ganas de aprender. De niña, desde que tuve uso de palabra hablaba de viajar y recorrer el mundo, algo que sorprendía a mi familia, especialmente a mi abuela. Además, siempre estaba rodeada de libros y también era muy creativa, así que, a veces, me dedicaba a escribir cuentos e historietas y a ilustrarlos yo misma.
Con el tiempo, empecé a viajar (ya no solo con la imaginación) y a aprender otros idiomas y a ver que mis posibilidades de comunicarme y expresarme se multiplicaban y derribaban barreras de todo tipo. Aprender un idioma no es sólo aprender unas normas gramaticales o fonéticas; es también descubrir una forma nueva de ver el mundo, ya que cada lengua encierra una manera única de interpretar aquello que nos rodea y tiene muchos matices. Aprender un idioma es una aventura muy gratificante y enriquecedora que nos hace abrir la mente y ser más receptivos y tolerantes a otras formas de ver e interpretar la vida. Y esto mismo ocurre cuando viajamos y si viajamos conociendo el idioma del país que visitamos, se intensifica esta experiencia de apertura y crecimiento.
Me encanta poder comunicar en mi idioma algo que para algunos sería incomprensible en otro y poder llevar mi ritmo natural de trabajo y no dejar de formarme. A la hora de traducir, suelo captar de forma natural los matices y detalles de un idioma e intento trasladarlos al español cuidadosamente y sin que se pierda nada en el proceso.